
– Kon…
– Después, Meggie. A menos que quieras ducharte conmigo…
Ella se metió las manos en los bolsillos del abrigo y volvió a mirar a Gandy.
Mucho después de que Kon entrara en la casa, Meg seguía allí, de pie, deseando olvidar la imagen de ese cuerpo curtido y atlético que una vez había conocido y deseado el suyo.
El tormento agridulce de esos recuerdos la mantuvo paralizada y, aunque Anna la llamó, no pudo entrar en la casa. Una casa que Kon había comprado con dinero obtenido de la venta de secretos.
Capítulo 6
Meg tenía miedo. Miedo de que le gustara demasiado aquella casa. Miedo de que Kon resquebrajara su resistencia un poco más. Miedo de que los contornos de la realidad se desdibujaran, hasta el punto de que ya no supiera qué era ficticio y qué real. Miedo de ser tan vulnerable e ingenua como Anna y… ¿y de qué más? No lo sabía.
Aunque de verdad Kon hubiera desertado, todavía era un hijo de Rusia, un hombre que amaba a su país. Meg no podría culparlo si deseaba visitar la remota aldea de Siberia donde había nacido; donde, siendo un niño, había jugado con su trineo; donde había sido feliz en el seno de su familia.
Tenía dinero y podía viajar con pasaporte estadounidense. Y tal vez se llevara a Anna con él. ¿No sería natural que quisiera recobrar su infancia truncada a través de la mirada de su hija?, ¿que quisiera inculcarle a Anna su amor por Rusia? Si conseguía la custodia compartida, podría llevarse a Anna adonde quisiera, sin que Meg pudiera hacer nada.
Años atrás, Meg había rechazado su proposición de matrimonio porque no quería establecerse de manera permanente en Rusia. Eso no cambiaría y Kon lo sabía. Estaba segura de que no habría forma legal de impedirle que se llevara a Anna temporalmente. Era hora de hablar seriamente con él.
Un impulso de energía nerviosa la empujó por fin a entrar en la casa. Pero se detuvo en medio de la cocina, admirada por los armarios de madera blanca de estilo tradicional inglés. La pátina brillante de la tarima de cerezo del suelo, las molduras blancas y las paredes pintadas de amarillo pálido creaban un ambiente de calidez y belleza. El resto del piso bajo estaba decorado en el mismo estilo tradicional.
