
La casa era de tamaño medio y tenía ventanas antiguas de un sobrio clasicismo. En el salón y el comedor, la combinación de piezas de anticuario y de cómodos y mullidos sofás tapizados de damasco verde, daba al interior un aire intemporal.
Meg observó la curva elegante de la escalera, con su pasamanos de madera labrada. Entró despacio en un estudio cerrado por puertas acristaladas. A ambos lados de la chimenea de ladrillo, había dos librerías adosadas a la pared que contenían una impresionante biblioteca de literatura clásica, con libros en varios idiomas, incluido, por supuesto, el ruso. El único toque moderno eran unos armarios archivadores y un escritorio sobre el cual había una lámpara y un ordenador.
¿Reflejaba aquella decoración el gusto de Kon o había comprado la casa tal y como estaba?
¿Cómo podía Meg conocer al hombre real que se ocultaba tras el agente del KGB cuando su único contacto había tenido lugar en un coche de policía, en una cárcel o en un restaurante regentado por el KGB? O en una cabaña de leñadores…
Meg se estremeció al considerar lo que había hecho. Anna había sido concebida en una cama extraña, con un extraño, en un país extraño…
Seguramente, en aquellos tiempos Kon no podía llevar a su amante a su casa, si es que tenía algo parecido a una casa. Su experiencia no había tenido nada que ver con la forma normal en que un hombre y una mujer se conocen y llegan a quererse.
Según Walt y Lacey Bowman, Kon vivía en Hannibal desde hacía cinco años. ¿Le había dado el gobierno americano aquella casa, junto con su nueva identidad, a fin de ocultar que era un desertor ruso?
