
¿Quién era Kon realmente?
¿Era Konstantino Rudenko el nombre que le dieron sus padres al nacer, o el que le había dado el gobierno ruso?
Meg pensó que se volvería loca si intentaba responder a todas aquellas preguntas y escondió la cara entre las manos.
De pronto, sintió otras manos sobre sus hombros. Unas manos fuertes, masculinas y cálidas que le resultaron dolorosamente familiares. Podría haberse apartado, pero una fuerza más poderosa que su voluntad gobernaba su cuerpo. Una voz baja y profunda susurró:
– No intentes resolver todos los problemas del mundo ahora mismo.
Era como si le hubiera leído el pensamiento.
Se quedó sin aliento cuando él comenzó a acariciarle la nuca, dándole un suave masaje sobre los músculos tensos.
– Tú y yo no hemos estado solos ni un momento hasta ahora -murmuró Kon, rozando con su boca el lóbulo de la oreja de Meg-. Adoro a Anna, pero creí que iba a volverme loco si no encontraba una forma de que se entretuviera ella sola, para poder besar a su madre. Dios mío, han sido seis años interminables, mayah labof.
Meg sintió el calor de su cuerpo y sus antiguos deseos reaparecieron, atrapándola pese a su resistencia. Kon la besó en las mejillas. Ella percibió el olor a jabón de su cara fresca y recién afeitada.
– No ha habido nadie para mí desde que me dejaste y tengo la impresión de que para ti tampoco. Lo que compartimos no podría repetirse con nadie más. Ayúdame -gimió Kon antes de besarla y estrecharla entre sus brazos.
Meg intentó no responder al beso, pero se sentía como si una droga le hubiera nublado el entendimiento. El beso comenzó a obrar su magia y Meg abrió la boca, casi sin darse cuenta de lo que hacía. Había perdido el control. Igual que en el pasado…
Estaba sucediendo otra vez, como había temido. Aquel frenesí irracional, aquella explosión de sensualidad que la debilitaba, dejándola a merced de Kon. Hacía tanto tiempo que no sentía aquellas sensaciones, que su deseo pareció despertar de nuevo a la vida.
