Él se puso en cuclillas para que Anna le enseñara el libro. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su cara y, con un dedo, acarició uno de los rizos que caían sobre la frente de la niña.

– ¿Sabes que yo le di a tu madre este libro cuando se marchó de Rusia después de su primer viaje, hace más de doce años?

Por segunda vez en un par de minutos, Meg dejó escapar un gemido.

Anna abrió mucho los ojos.

– ¿De verdad?

– Sí. También es mi libro favorito. Tú y yo somos padre e hija. Por eso pensamos igual -le lanzó a Meg otra mirada significativa-. Tu mamá estaba triste porque tu abuelo murió mientras ella estaba de viaje. Así que, cuando volvió a casa, yo puse el libro en su maleta para reconfortarla, porque sabía que a ella le gustaba. Esperaba que eso la hiciera sentirse mejor y la llevaría de nuevo a Rusia algún día.

Los ojos de Meg se llenaron de lágrimas. «¡Farsante!», gritó su corazón. Pero no podía negar que aquel bello y costoso libro, que ella había admirado en la Casa del Libro de Moscú, pero que no había podido comprar, apareció en su equipaje. Había sido gracias al atractivo agente del KGB, asignado a la vigilancia de los estudiantes extranjeros, que la había llevado de la cárcel al aeropuerto.

Meg y otros estudiantes de diecisiete años de su autobús, habían sido detenidos por regalar vaqueros, camisetas y otras prendas personales a sus amigos rusos. Ingenuamente, Meg le había dado sus gafas de sol a una chica y había acabado en prisión. Todavía sentía escalofríos cuando recordaba aquel incidente de pesadilla.

Durante su confinamiento, uno de los guardias le dijo que el director del viaje acababa de saber que su padre había muerto en Estados Unidos. Por su insensata decisión de quebrantar la ley, le informó el guardia, Meg no podría volver a casa para el funeral, y quizá no volvería nunca.



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