
Monsieur Giacomo Groppi, chocolatero de Lugano, Suiza, siempre estaba en su tearoom de la plaza de Solimán Pasha a la caída de la tarde para saludar amablemente a cuanta gente entraba en el establecimiento. Todo el mundo acudía a Groppi para ver y ser visto: los pashas con sus queridas levantinas, los oficiales de permiso en busca de compañía femenina, los millonarios y la alta sociedad, los periodistas a la caza de cualquier noticia, los políticos para cerrar tratos y medrar, las feministas sin velo que les tapara el rostro para reafirmar su independencia y las jóvenes casaderas para otear el horizonte nupcial. Y, comprendió Ya'kub mucho más tarde, Ahmed Hassanein Bey, su padre, para exhibirse y mostrar indiferencia hacia las habladurías y chismorreos maliciosos.
Para el muchacho, Groppi era sinónimo de los mejores chocolates y helados del mundo: Sfogliatella, Morocco, Mau Mau, Peche Melba, Maruska, Comtesse Marie y Surprise Neapolitaine. ¡Cuántos recuerdos le traerían esos nombres de elaboradas copas de helados de café, melocotón, cerezas marrasquino, frutas escarchadas, todas cubiertas de nata chantilly!
– Engordarás como un eunuco, Ya'kub -le decía el Bey.
No le gustaba que le llamara Ya'kub. Él era inglés y aunque no se atreviera a protestar -tanto era el miedo que le inspiraba su padre-, le parecía absurdo e incluso ofensivo que lo tuvieran por árabe en un país que controlaban los británicos, sus connacionales, la raza superior a la que pertenecía. Él era Jamie, Jacobo, no Ya'kub.
