– Si quieres te llamaremos El-Rumy, rubio… vaya, pelirrojo, en realidad -le dijo riendo el Bey una vez que debió de sorprender alguna mueca suya de desagrado. Pero el muchacho se encogió de hombros y no dijo nada.

Aprendió el árabe muy deprisa. A su edad, esas cosas ocurren naturalmente, a poco que se tenga necesidad de comunicar. Cierto que hablaba inglés con su padre, que lo dominaba como un nativo; sólo más adelante, cuando el Bey quiso que se notara de dónde salía la sangre de Ya'kub, empezó éste a usar el árabe.

– Hablas como un golfillo de El Cairo -le decía riendo.

Por supuesto, ¿cómo no iba a hablar como un chaval de la calle si sus maestros principales eran Mahmud y su ristra de parientes, grandes y pequeños, que pululaban por los alrededores de la casa y por los confines del barrio de sus correrías? Muchas veces, cuando su padre estaba de viaje y Amr ocupado en otras cosas, acompañaba a Mahmud a casa de su familia, a la hara en la que vivían, no muy lejos de la mezquita de Al-Hussein. Una hara cairota es una callejuela estrecha, estrecha (apenas el ancho indispensable para que se crucen dos camellos cargados), en la que viven varias familias; aunque ya casi no se hace desde los tiempos de Napoleón, al llegar la noche, el bawab, el alguacil, solía cerrar la cancela para aislar al vecindario de las malas influencias exteriores. Allí tomaban té y pastelillos de miel y jugaban a las cartas y a la tawla, que los occidentales llaman «backgammon». El primer día que, sentados en la sucia esquina de la calleja con un cajón de madera entre los dos y rodeados por el ruidoso coro de una docena de chicos, Ya'kub derrotó a uno de los innumerables hijos de Mahmud, que se llamaba Hamid y que tenía más o menos su misma edad aunque desde luego no su estatura, se levantó en señal de triunfo y gritó «aiwa!», ¡sí!, una explosión de entusiasmo seguramente poco habitual en un gentleman inglés, pero, pensó, más que justificada: la civilización había vencido a la barbarie.



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