
Durante aquel primer año, la de Mahmud fue su verdadera familia y Amina, Umm Hamid, casi su verdadera madre. Allí no existían el miedo reverencial que le inspiraba el Bey ni la broma ininteligible o los dobles sentidos de Amr. No había más que un calor de hogar sonriente y algo chusco, en el que se comía pan recién horneado, mezze y ensaladas, humus, kibbeh, felfelas, tabulé y quesos de oveja y cabra. Y muchos y muy pringosos pasteles de almendra, pistacho y miel. Umm Hamid parecía pasarse la vida cocinando y rodeada de niños que escalaban por sus voluminosos riñones y su amplio pecho mientras canturreaba melodías de letras algo procaces y picantes. En la hara reinaba una alegría contagiosa. Un día se celebraba que un vecino había conseguido un trabajo como administrativo en los cuarteles del ejército inglés en Qasr al-Nil, lo que era una garantía de futuro que le permitiría casarse con su novia de dos callejones más arriba; otro día, el barrio entero festejaba la procesión en la que se llevaba a brazo y por encima de las cabezas el ajuar y los regalos de una joven casadera; y otro día más, la muchachada iba en pelotón a bañarse al río. Hasta las horas de los rezos, más informales para los jóvenes que en las madrasas, parecían ocasiones para la alegría y la travesura. Y la familia al completo, menos Umm, tomaba el pelo a Ya'kub y le auguraba matrimonios disparatados con vírgenes procedentes de los harenes reales que le comerían los atributos masculinos en la noche de bodas. Se hubiera dicho que la gente del vecindario vivía toda en un gran revoltijo, ofreciendo y recibiendo té, tabaco, harina y cotilleos, la mercancía colectiva del barrio. Ya'kub era feliz allí.
