
También lo era, aunque con mayor discreción, en el palacio de su padre, en donde podía leer sin trabas las novelas de la inmensa biblioteca (y hasta contemplar las estampas eróticas de alguna edición especial de Las mil y una noches, encerrada en un armario cuya llave no fue difícil encontrar). Entre clase y clase de sus preceptores, acompañaba al Bey a las carreras de caballos, a verlo tirar y a tomar lecciones de esgrima y a pasear a las pirámides (y una o dos veces, a tomar el té en el Mena House, al pie de las de Gizeh). Todo era más solemne, desde luego, pero el chico había aprendido a comprender que entre esos derroteros acabaría estando su destino. Y se juraba que Mahmud y Umm Hamid y todos los demás estarían unidos a él, donde fuera que aquél lo llevara.
Al principio le pareció un insulto que su padre se burlara de su acento -un día, haciendo acopio de valor, hasta llegó a decirle que era una falta de respeto hacia él y el Bey se rio mucho-, pero poco a poco se fue dando cuenta de que le gustaba y empezó a hablar cairota esforzándose en que no se notara su raíz inglezi o que su padre se diera cuenta de que lo hacía para satisfacerle. De todos modos, no era muy corriente que en las grandes familias cairotas se hablara árabe. Incluso el jedive Fuad casi no hablaba más que italiano. En aquellos años, el árabe parecía reservado a la comunicación con los inferiores.
En cambio, nunca se atrevió a pedirle a su padre que le permitiera llevar el tarboush, el fez que se ponía para salir a la calle. Sus compañeros de correrías, especialmente Hamid, se reían y le decían: «¿Cómo vas a llevar un fez? ¡Eso es para gente mayor, distinguida y de la familia de un bey y no para un forastero!».
