
A la hora de la verdad, sin embargo, levantarse y pasear por entre las mesas de Groppi era siempre una tortura para Ya'kub. Se sentía demasiado alto, demasiado desgalichado, demasiado rubio, demasiado diferente, suponía, para moverse con comodidad. Era muy tímido y el hecho de que alguien pudiera fijarse en él le daba mucha vergüenza; sólo la atracción de la copa de helado y, en este caso, el estímulo de la revancha contra aquel gordo imbécil fueron capaces de vencer su reticencia a llamar la atención. Y además, hoy, mientras se acercaba a monsieur Groppi, pudo fijarse de nuevo, eso sí, con disimulo y procurando que nadie se lo notara, en la chica de más o menos su edad que no le quitaba ojo. era de tez morena y llevaba el pelo, muy negro, suelto hasta casi la cintura y la cara lavada, al contrario de las otras jóvenes de buena familia que estaban con ella y que iban maquilladas de modo excesivo y terriblemente coloreado y llevaban unos peinados elaboradísimos, fruto forzoso de una larga sesión en la peluquería de señoras del Shepheard's. Todas se cubrían la cabeza con velos más o menos transparentes. Mientras las demás cacareaban como gallinas, ella hablaba en tono discreto, con voz melodiosa y cálida, o así se le antojaba a Ya'kub. No era la primera vez que la veía; en la ocasión anterior, estaba sentada con la que parecía ser su madre y con algunas personas mayores y, cada vez que se dirigía a un camarero o incluso al señor Groppi, se tapaba la cara con el mismo velo de finísimo algodón; esta vez, sus compañeras de mesa eran colegialas como ella, y por cómo parloteaban y reían, ninguna parecía sentir gran respeto por la modestia coránica. En una mesa más retirada se sentaban dos enormes eunucos con aire feroz y vigilante; eran las carabinas de las colegialas y no las perdían de vista ni un instante.
