Cada vez que las miradas de los dos jóvenes se cruzaban, ella bajaba la vista pero la volvía a subir enseguida y él se ponía colorado como un tomate (lo que no facilitaba la pose indiferente que le parecía apropiada para impresionarla) y, confuso y avergonzado, continuaba lo que le hubiera gustado que fuera un camino displicente en dirección al dueño del tearoom. Cuando por fin llegó hasta él sin tropezar, le encargó las consumiciones y, balbuciendo, añadió en inglés:

– Señor Groppi, ¿le puedo preguntar una cosa?

– Por supuesto, Hassanein efendi.

– ¿Conoce usted a una señorita que está sentada en una mesa detrás de mí con otras tres o cuatro…?

– ¿Todas con uniforme del colegio de Qasr al-Dubara?

– Sí, claro.

– ¿Se refiere usted a una señorita muy esbelta que lleva la melena suelta?

– Sí, claro.

– Tiene usted buen gusto, efendi… Es la princesa Nadia, sobrina de su alteza el jedive Fuad, la hija única del príncipe Kamal al-Din. -Lo miró con una media sonrisa y dijo-: Nada menos -como si se dispusiera a abrir la puerta del anfiteatro por la que entrarían los leones.

Ya'kub carraspeó.

– Ya. Gracias.

– De nada. ¿Quiere que le haga llegar algún mensaje?

– ¡No!


Al volver a la mesa de detrás del ventanal, el Bey y el tío Ali estaban enfrascados en una conversación intensa en voz baja. Ali Hassanein había acercado su cabeza a la del Bey en un extraño gesto mezcla de confidencia y sumisión, aunque a Ya'kub le pareció que a su padre, que se mantenía muy erguido, aquella familiaridad obsequiosa le disgustaba. Se sentó e inmediatamente el tío Ali se interrumpió, como sorprendido por la presencia molesta del microbio.

Entonces lo miró.

– ¿Y cómo está el joven Ya'kub?

Tenía papada, reluciente por el afeitado de aquella mañana, y los ojos hinchados y las comisuras de los labios inclinadas hacia abajo como cerrando un paréntesis sobre el lustroso hoyuelo de la barbilla. Estaba claro que nada podía importarle menos que el estado de ánimo o de salud del joven Ya'kub.



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