– Estoy bien, gracias, tío Ali. -Se sonrojó.

El Bey levantó una ceja y luego giró la cabeza y miró hacia el centro del local.

– Bien, bien -dijo Ali-. Bien.

Todos se callaron durante unos segundos, pero, de los tres, al único a quien pareció no estorbarle el silencio fue a Hassanein Bey.

Un camarero trajo las limonadas y el helado, las puso sobre el velador, hizo una reverencia y se marchó sin decir nada. Ali cogió su vaso y le dio un largo trago. Ya'kub, con la cuchara en la mano, miró a su padre pidiéndole tácito permiso para abalanzarse sobre su copa de Surprise Neapolitaine. El Bey no hizo gesto alguno. Tampoco bebió de su vaso. Entonces, el chico dejó la cuchara en el plato que sostenía su delicioso postre y se resignó a verlo fundirse y gotear.

– Puedes seguir, tío Ali -dijo entonces su padre.

– ¿Seguir? -Ali lo contempló con desconfianza.

– Sí, seguir. No tengo secretos para Ya'kub… o casi. -Sonrió.

– Ya. Bien. Bueno. -Daba igual porque ni siquiera parecía verle. Se recostó contra el respaldo de su silla de mimbre. Del bolsillo interior de su chaqueta sacó un paquete de cigarrillos Abdullah y prendió uno con un encendedor de oro; sujetaba el pitillo con gran afectación entre los dedos corazón y anular de la mano izquierda.

– En fin, sobrino, ya sabes cómo está la situación. El mercado europeo del algodón se recupera, aunque el momento sigue siendo muy delicado… Cualquier cosa puede hacerlo tambalear y desplomarse…

– Me parece que os preocupáis demasiado. ¿No ha vuelto el mercado a su pasado esplendor tras la Guerra Mundial? No entiendo lo que os angustia, tío Ali. Ya no estamos en el siglo pasado. Recordarás que entonces los británicos se aprovecharon de los egipcios y nos hicieron pagar con sangre la desastrosa situación en la que nos había metido el jedive Ismail, que Alá lo tenga en su seno… -Miró a su hijo con gran seriedad y en voz baja añadió-: Pero que no nos lo devuelva.



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