Ali Hassanein levantó la cabeza con un sobresalto y miró a todos lados resoplando.

– ¿No nos hemos recuperado? -prosiguió el Bey-. Nuestra compañía produce más algodón que nunca, vendemos todo lo que somos capaces de exportar… no veo qué te angustia tanto.

– Tu viaje es lo que me angustia, Ahmed, ese viaje que te propones hacer al desierto… -Se interrumpió, como si hubiera dicho una monstruosidad y temiera que el Bey lo castigara-. En fin… quiero decir…

– ¿Qué quieres decir?

Ali Hassanein no contestó.

– Yo sé lo que quieres decir. Temes que si me voy al desierto, acabe muriendo de sed o envenenado por la picadura de un escorpión o herido por el disparo de un senussi. -Hizo un gesto de disgusto.

A Ya'kub, testigo mudo y aterrado de esta conversación tan tensa, le empezó a latir aceleradamente el corazón. De pronto había comprendido, no que el seco intercambio entre su padre y su tío fuera cosa grave, que eso le traía sin cuidado, sino que los riesgos de la expedición eran reales y que, por lo que decía el Bey, se iban a jugar la vida. Le dio miedo. ¿Mercado mundial del algodón? Por él, que se hundiera, que desapareciera, que engullera al tío Ali y a todos sus mercaderes. Lo que le importaba eran los escorpiones y la falta de agua. Descubrirlos como peligros reales lo devolvió bruscamente a un mundo vulgar del que habían desaparecido los sueños heroicos de una novela de aventuras.

– Y qué. Es mi vida, ¿no? -dijo el Bey.

– No, no, sobrino. No es exactamente eso…

– ¿No?

– Admitirás que tu viaje encierra ciertos peligros… En un momento en el que toda la familia depende de ti…

Dejó la frase en suspenso, como una amenaza y, buscando algún gesto con el que distraerse de la tensión, apagó el cigarrillo en el cenicero de cristal que había sobre el velador mientras con la otra mano, de otro bolsillo de su chaqueta, sacaba un gran pañuelo de seda y con él se secaba la frente y la nariz, frotándoselas una y otra vez.



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