
– ¿Toda la familia depende de mí? ¡Vamos, tío Ali! Ninguno de ellos me necesita para gastar el dinero de la Nile Egyptian Cotton Company -pronunciado con lentitud y sequedad, como si estuviera deletreando el nombre- a manos llenas en sus viajes a París y Londres y a la Costa Azul.
– Precisamente por eso, porque tus jóvenes primos y alguno de tus tíos gasta el peculio como si no se fuera a acabar nunca, te necesitamos. No quiero ni pensar en lo que pasaría en esta familia si tú desaparecieras… ¡Nos arruinaríamos!
A Ya'kub le dio la sensación de que el Bey se encogía levísimamente de hombros, pero no habría podido asegurarlo.
– Arruinarnos es una palabra bien grande. No estamos ni remotamente cerca…
– Es cierto, te lo aseguro. Nos arruinaríamos. No, Ahmed. No sólo debes seguir administrando nuestra fortuna, debes seguir dirigiendo NEC & Co. para que su expansión continúe.
– Pero, mi querido tío, no tengo ninguna intención de abandonar la compañía algodonera a su suerte.
– Ya. -Bajó la cabeza-. Ya… Pero, Ahmed… quiero decir… ¿y si las circunstancias te forzaran a abandonar pese a todo?
– Pues, si tuviera que abandonar pese a todo, estoy seguro de que tú y tus hermanos os ocuparíais. No veo el problema.
– Bueno, sobrino, eres dueño de la mitad de NEC. Digamos que -bajó la voz-, digamos que si efectivamente por cualquier razón, no lo quiera Alá, debes dejar de estar al frente de la compañía, las cosas se complicarían…
– No te entiendo.
Ya'kub pensó que, por absurdo que fuera, su padre parecía no entender lo sobreentendido. Hasta él lo había comprendido. Se revolvió en la silla. El Bey lo miró de refilón y Ya'kub lo percibió como un latigazo. Inmediatamente dejó de moverse.
