Ahora el tío Ali sudaba copiosamente.

– Bueno, sobrino… Creo que deberíamos anticiparnos a la posibilidad de que las cosas se compliquen más de lo que ya están. Más vale ser precavido. -Miró al chico con sus ojos de cocodrilo, duros como canicas-. Aquí, Ya'kub, decimos que el que se quema la lengua con la sopa, acaba soplando sobre el yogur. En fin, Ahmed, lo que quiero decir es que tal vez fuera bueno resolver el tema del capital de la Nile Egyptian…

– Quieres decir que yo os compre el cincuenta por ciento que poseéis entre todos en la familia…

– No, Ahmed. Ni siquiera tú tienes esa cantidad de dinero. -Se pasó de nuevo el pañuelo por la cara.

– ¿Y vosotros para comprarme mi parte, sí? Porque eso es lo que quieres decir, ¿no?

– Bueno, es probable que, entre todos, tengamos más crédito que incluso tú, sobrino.

El Bey sonrió.

– Tal vez, alabado sea Alá. Pero, después de la mejora de los mercados en los últimos años, me parece que NEC vale más de lo que todos juntos podamos dar por ella.

– Puede que sí, alabado sea Alá. En tal caso, la familia Hassanein sería más rica que los dones del paraíso.

– ¿Adonde quieres ir a parar, tío Ali? Porque si quieres comprar mi parte, algo para lo que no tienes dinero suficiente, os quedaríais con todo y entonces os arruinaríais. Eso es lo que has dicho, ¿no? Sin mí os arruináis. Y si me fuerzas a comprar vuestra parte, tendréis dinero en abundancia, pero lo malgastaréis. ¿En qué quedamos?

Ali Hassanein tardó un largo rato en contestar. De un sorbo, apuró su limonada. Luego bajó la cabeza y se reajustó la chaqueta para disimular su gran estómago. Por fin carraspeó, como si esperara que su sobrino le ofreciera una solución que él no quería contemplar. Pero el Bey no dijo nada, no movió ni un músculo.

Ya'kub tampoco, claro. Allí se estaba jugando una partida cuya complejidad no alcanzaba a percibir. Lo único que comprendió fue que no debía romper la tensión del momento, puesto que el desafío, fuera cual fuera, no había hecho más que empezar.

– Una subasta de la cerilla -dijo por fin el tío Ali.

– ¡Ha! -exclamó el Bey con satisfacción-. ¡Acabáramos! Muy bien. Si eso es lo que queréis, tendréis vuestra subasta de la cerilla.



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