Ya'kub volvió a ponerse colorado como un tomate.

– ¿Có…? ¿cómo lo sabes?

– Mientras escuchaba las tonterías que decía Ali Hassanein Bey, te veía deambular por Groppi como un alma en pena… No hace falta ser muy perspicaz para reconocer a un joven completamente atontado por una señorita. Cuando se tienen quince años, la mirada no engaña… Me temo, sin embargo, que te voy a tener que dar un consejo de amigo: olvídala. Créeme, no hay mucho futuro en esa historia.

El chico se quedó callado.

Y siguieron andando en silencio el resto del camino hasta la casa del Bey.


– Alhamdulillah!, ¡alabado sea Alá! ¡Cuánto hace que no se utiliza! -dijo el Bey refiriéndose a una palmatoria que uno de los sirvientes nubios había colocado en el centro de su mesa de trabajo en el salón-biblioteca.

Era un objeto muy antiguo, hecho de plata repujada y cubierto de inscripciones en árabe. El plato, como el de cualquier candelero, era redondo y de su centro arrancaba un tubo al que estaba pegada un asa circular. Pero en la parte superior del tubo no estaba el habitual receptáculo redondo en el que se encaja la vela. Al contrario, el brazo principal de la palmatoria terminaba en una especie de pinza de plata.

– En ella -explicó el Bey-, se encaja una cerilla grande…

– ¿Cómo de grande?

– Así… más o menos así -dijo, separando pulgar e índice para explicarlo-. En fin… de más o menos dos pulgadas de largo.

– ¿Y entonces?

– Entonces se le prende fuego. Mientras está encendida, los adversarios pueden subastar. «Uno», dice el tío Ali, pretendiendo comprármelo todo por una cantidad ridículamente baja; «veinte», le contesto; «dos», insiste él; «diecinueve», replico. Y así vamos adelante. Cuando se apaga la cerilla, se interrumpe la subasta y nadie puede hablar.

– ¿Y ya está?

– Y ya está. La última voz dada antes de que se consuma el fósforo es la que vale, de modo que si yo he pedido mil ginaih y en ese momento la cerilla se apaga, Ali se tiene que quedar con el objeto de la subasta pagando mil ginaih.



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