Pero si mi adversario ha dicho cien por último, con pagarme cien se quedaría con la algodonera. Así son las cosas… Por eso es muy importante calcular el momento en el que se apaga la cerilla, para que al otro no le dé tiempo a colar una voz antes de que eso ocurra. Por cierto, claro: para indicar que rechazo la oferta del tío Ali o él la mía, hay que decir «¡no!» antes de que se termine la cerilla. Entonces le tocará al otro hablar y tendrá todo el tiempo que quiera para formular su oferta… hasta que se apague el fósforo, naturalmente. Si lo último que ha sonado antes de haberse consumido la cerilla es «¡no!», se enciende una nueva y empieza a subastar el que estaba hablando al apagarse la anterior. -Sonrió.

– ¡Pero es horrible, padre! Si te equivocas…

– Es como una partida de póker, lo que más cuenta es la sangre fría. No es fácil, no. -Se quedó pensativo un momento-. Sobre todo si juegas contra mi tío Ali. ¿Sabes que nunca he conseguido derrotarle al backgammon?

– Pero, padre, hay un problema.

– ¿Sí?

– Los dos queréis comprar.

– Desde luego… -Sonrió.

– Sólo que la subasta de la cerilla que me acabas de explicar considera que hay únicamente un comprador. El tío Ali. ¿Qué pasa con tus deseos de echarle de la compañía?

– Ah, sí. Pura palabrería…

– ¿Pero entonces? -pregunto Ya'kub sin comprender.

– El buen Ali Hassanein se cree más listo y más rápido que yo y piensa que puede alcanzar el precio más bajo posible al apagarse la última cerilla. -El Bey volvió a quedarse pensativo-. Y a lo mejor lo es. -Miró a su hijo-. Más listo y más rápido, quiero decir. Después de todo, es un verdadero y genuino cairota.

– ¿Quién empieza la subasta?

– El que la propuso, Ya'kub. Pero da igual, porque al final son ofertas dobles, las suyas a la baja, las mías al alza.



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