
– ¡Pero es horrible, padre! -repitió.
– Un poco complicado, sí. A los cairotas les encanta jugar y apostar fuerte. -Sonrió nuevamente; se estaba divirtiendo de verdad-. Porque, ¿sabes?, esto se parece un poco a una partida de tric-trac. Una sola partida. El que gana, se lleva todo…
– ¿Tric-trac?
– Es como la gente de las clases aristocráticas llamamos al backgammon. No tawla. Tawla es para libaneses y golfillos.
– Bueno. ¡Pero tú nunca le has ganado al tric-trac!
– En efecto, Ya'kub, nunca he ganado a Ali Hassanein Bey. -Consideró sus palabras, y luego añadió-: Me parece que, en atención a esa circunstancia, sería conveniente resolver la subasta limitando los riesgos. Nada de tawla.
– ¿Nada de tawla?
– Nada de tawla. -Dejó escapar una carcajada alegre y sonora y a Ya'kub le invadió una cálida oleada de afecto por aquel hombre tan elegante.
– Pues sí -dijo Mahmud aquella noche-, ya tengo preparada la pistola…
– ¿Pistola?
– Porque tu padre se pegará un tiro si pierde esa partida con su tío. Seguro.
A Ya'kub le dio un vuelco el corazón.
– ¿Estás loco?
– No, Ya'kub. Es lo que se hace.
El joven miró a Mahmud como si hubiera perdido la cabeza, por más que no estuviera nada seguro de lo que, en efecto, podía pasar. Le parecía que el Bey era demasiado civilizado para hacer una cosa así, pero, claro, era egipcio, y los levantinos ya se sabe… «No puede ser -pensaba al instante-, mi padre es musulmán aunque no practica mucho, desde luego, nunca en toda mi vida con él lo he visto arrodillarse para rezar las cinco oraciones diarias y no hemos ido a la mezquita en viernes más de dos o tres veces, y nunca se quitaría la vida: la vida está en manos de Alá».
Pensó en preguntarle, pero no se atrevió. Mejor no hacerlo y no arriesgarse a una de sus aterradoras miradas de hielo.
