Poco más de un año antes -Ya'kub, que entonces todavía era Jamie, recordaba el momento como si hubiera ocurrido el día anterior-, una tarde de principio de verano, el Bey apareció sin anunciar su presencia en la casa de Woodstock, cerca de Oxford. Era fin de semana y Ya'kub estaba en casa y no en el internado. Acababa de tomar el té con su madre en el jardín y había vuelto a su tumbona para seguir enfrascado en su nueva pasión literaria: Edgar Allan Poe. En esos momentos leía, con la respiración contenida, Las aventuras de Arthur Gordon Pym. Acababa de terminar El cuervo, en una edición ilustrada por Gustavo Doré, y todavía se le ponía la carne de gallina pensando en la siniestra respuesta del pájaro aquel: «Nevermore», nunca más.

Le parecía que su madre no debía de saber con seguridad quién era Poe y, desde luego, nunca había leído nada suyo, porque, en caso contrario, seguro que habría puesto alguna objeción a que un chico de trece años leyera historias tan tenebrosas como aquellas. So limitaba a hacer advertencias generales que dieran la sensación de que sabía do lo que hablaba. Incluso, bien pensado, Ya'kub tenía la impresión de que su madre no leía mucho, exceptuando los libros de su colección de ilustraciones de flores y jardines victorianos y las carpetas llenas de planchas de Linneo, dibujos a carboncillo y acuarelas de algún paisajista de notoriedad local. Pasaba horas con ellos. A Ya'kub le parecía que, más que por afición a la lectura o a la contemplación de delicadas estampas, a su madre, de aquellos libros, le arrastraba un melancólico recuerdo, seguramente ligado al Bey, que la sumía en una silenciosa tristeza. Pasaba muchas horas inmóvil en el jardín del cottage mientras escuchaba distraída el rumor del riachuelo caracoleando por debajo del pequeño puente que servía de entrada a la casa. Más adelante, a Ya'kub le inquietó que pudiera llevar esta existencia tan indolente incluso cuando estaba sola. Una vez se lo preguntó, pero ella se limitó a suspirar profundamente.



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