
Cuando quería aparentar que había tenido un día especialmente difícil o atareado, exclamaba: «¡Necesito una gran copa de vino!», y se la servía, bebiéndola después casi de un trago. Jamie nunca pensó en decirle nada porque, de tanto verlos, sus hábitos le parecían normales: no conocía otros para compararlos. Pero, realmente, bebía mucho. Cuando él estaba en casa, al final de la tarde, de pronto se ponía a hablarle en tono más alto de lo habitual e insistiendo machaconamente, una y otra vez, en las mismas cosas. Se hubiera dicho que buscaba pelea con él porque lo retaba con afirmaciones absurdas (¡hasta él, que era un niño, las reconocía como tales!), dispuesta a regañarlo fuera cual fuera su respuesta.
La mayor parte de los días solía beber vino, siempre un blanco francés, «nunca antes de la puesta de sol, ¿eh?», decía con una carcajada traviesa. Y más tarde, cuando Jamie se quedaba leyendo novelas de aventuras en su habitación del piso de arriba, antes de apagar la luz, a través de la barandilla de la escalera, la veía acabarse la botella que había descorchado para la cena, sentada en su sillón de la biblioteca, siempre mirando melancólicamente uno de sus libros de grabados de flores o de jardines.
En ocasiones, cuando había rosbif los domingos a mediodía también tomaba una o dos copas de vino tinto. Incluso a última hora, antes de cenar, aunque no siempre, se servía un vaso con ginebra de Bombay y agua de quinina. Y Ya'kub, angustiado e incómodo sin comprender muy bien por qué, para evitarse la pelea que inevitablemente llegaba, intentaba excusarse e irse a la cama sin cenar, pero ella no le dejaba.
– No, Jamie, quédate conmigo -decía-. Cuéntame del colegio, ¿quieres?, dime quiénes son tus mejores amigos. Sé que ahora estás en el equipo de cricket… ¿de qué juegas? -Ignorando al parecer que, en el cricket, todos juegan de todo. A Ya'kub le daba vergüenza ajena.
