
El Bey levantó una ceja inquisitiva.
– ¿No te gusta el tahiné, Ya'kub?
– ¡Oh, sí, padre! Claro que me gusta. Es sólo que…
Sonrió de nuevo.
– Entonces debe de ser que no acabas de decidirte por un regalo de cumpleaños u otro. Eso es algo en lo que no puedo ayudarte. Tienes que decirme cuál te apetece más.
– ¿Puedo pedirte lo que quiera?
– Lo que quieras -asintió.
Su padre era un hombre muy alto y enjuto. Tenía la tez oscura, la nariz, aguileña y los ojos implacables. Pero cuando sonreía, se le transformaba el rostro y parecía alguien completamente distinto, encantador, socarrón, amable y hasta lleno de bondad, que, sospechaba Ya'kub, era la más rara y deliciosa de sus virtudes. Tendría por entonces treinta y cinco o treinta y seis años.
– Querría que me llevaras al desierto, insh'allah.
– ¿Al desierto? ¿A qué desierto?
– No sé, padre. Dicen los sirvientes que preparas una expedición.
– Lo dirá Mahmud, que es un cotilla lenguaraz y fantasioso. Voy a mandar que les corten la lengua a todos.
– ¡Oh, no! No quisiera que por mi culpa…
– De modo que quieres ir al desierto.
– Dicen que es… bueno, otra cosa, no sé… maravilloso…
– Y duro. La arena se parece bien poco a las praderas de tu Oxfordshire, Ya'kub. No es amable ni misericordiosa ni ondula como un mar de hierba entre viejos olmos, castaños y riachuelos. Es un pedregal en un mar de arena… -Se interrumpió un instante buscando las palabras que expresaran mejor su pensamiento-: Y en eso mismo reside su belleza: en que no hay nada que se interponga entre su alma y la del que se aventura por él. Si tu alma es fuerte, el desierto responderá con fortaleza; si eres débil, el desierto te destruirá. -Lo miró con seriedad-. ¿Comprendes lo que quiero decir?
