
Un día, cuando paseaban por el campo a buen recaudo de los oídos de su madre, Nicky dijo:
– Debes hacerte fuerte, Jamie, convertirte en un gran cazador, en un tipo sin miedo y amante de las aventuras, porque algún día, pronto, tendrás que conocer a tu padre…
– Mi madre dice que nunca permitirá que me vaya con él -interrumpió Jamie.
Nicky dio un bufido.
– Tendrás que conocer a tu padre, Hassanein Bey, y hacerte respetar.
– Mi madre…
– Pamplinas.
– ¿Lo conoces tú?
– Desde luego, y te puedo asegurar que es un hombre recto e implacable, un verdadero príncipe del desierto.
– Pues mi madre dice que es un bandido, un salvaje y que no hay que fiarse de él. Y que, además, me quiere raptar para venderme como esclavo.
El Mayor hizo una mueca de indiferencia.
– Tu madre dirá lo que quiera, pero me parece que debes irte preparando.
– ¿Preparando?
– Sí, Jamie. Un día, y bastante antes de lo que piensas, vendrá tu padre a buscarte y te irás con él a El Cairo.
Se sobresaltó.
– ¡Pero yo no quiero ir con él a ningún sitio! ¡Y mi madre no lo permitirá! -gritó con las lágrimas resbalándole de golpe por las mejillas.
El Mayor le puso una mano en el hombro y lo sacudió con suavidad.
– Jamie, Jamie, no creas todo lo que te dice tu madre. Mira, de hombre a hombre, puesto que estas cosas no las podemos decir delante de una mujer, aunque sea tu bellísima madre, ella está dolida porque se siente abandonada, abandonada desde hace quince años, traicionada, si quieres, y eso le hace sentirse llena de rencor hacia Hassanein Bey, pero la realidad es que ninguno podemos impedir tu marcha a Egipto… Pero no te preocupes, las cosas no están tan mal como crees.
