
– Si me voy, tendré que ser egipcio -insistió-, y yo soy inglés… No quiero dejar de ser inglés. Sólo quiero ser inglés.
Pues había llegado el momento.
Aquella tarde de principios de verano, mientras Jamie leía a Poe en el jardín, apareció su padre sin anunciarse. El niño se incorporó de un salto, impelido por la sorpresa, el miedo repentino y su gélida mirada. Se le había desbocado el corazón y le pareció que se iba a ahogar.
Miró hacia donde se encontraba su madre. Había palidecido y, sin llegar a levantarse, estaba rígida, separada del respaldo de su silla, como si quemara. Respiraba profundamente. En sus ojos había una expresión de terror; a Jamie lo anonadó ver tanto miedo concentrado en una mirada.
El Bey hizo una leve inclinación de cabeza en dirección a ella. «Rose», murmuró y, como si ella hubiera dejado de existir, se volvió hacia su hijo y le miró a los ojos. Jamie bajó la mirada. Su padre estuvo un rato en silencio y luego dijo:
– Este muchacho ha crecido bien. -Podría haberlo dicho de un caballo o de una oveja-. ¿Cómo estás, hijo mío?
Jamie miró a su madre de reojo y no contestó. Se le había secado la boca y no era capaz de articular palabra.
Capítulo 3
La escena para la subasta de la cerilla había sido cuidadosamente preparada en el comedor de la casa Hassanein.
La gran mesa de caoba, desnudada de todo ornamento, de cualquier objeto que hubiera encima de ella, sin figuras de vermeil ni soperas de plata ni manteles, dominaba la sala.
La única iluminación provenía del gran candelabro colgado justo encima del centro de la mesa. Una luz mortecina que emanaba de una docena de pequeñas bombillas asmáticas a las que no les llegaba suficiente voltaje. En El Cairo de los años veinte la electricidad no era lo que es ahora, desde luego, sino, cuando menos, un suministro de naturaleza incierta e irregular.
