En medio de la mesa se había colocado la palmatoria y, a su lado, un plato de vermeil sobre el que podía verse un pequeño montón de cerillas, veinte o treinta, algo más largas de lo habitual, y un rascador de plata.

A un lado de la mesa se habían dispuesto dos sillas juntas frente a la palmatoria. En el otro, una más, y, algo apartada, otra. Detrás de este segundo grupo de asientos, había otros diez o doce, ordenados como si se tratara de las dos primeras filas de una platea frente a un ring de boxeo.

– Tú te sentarás a mi lado -había dicho el Bey, señalando las dos sillas solas.

Ya'kub tragó saliva.

– ¿No sería mejor quedarme detrás de ti? -preguntó en voz baja.

– No. -Después, señalando el otro lado de la mesa, añadió-: Allí se sentará solo el tío Ali y, detrás, todos los primos, tíos y gorrones que forman nuestra familia. -No sonrió.

– ¿Y en esa otra silla? -preguntó Ya'kub, indicando la que quedaba algo separada.

– ¡Ah! Ahí se sienta el notario, que da fe de que se han seguido las reglas de la subasta…

– ¿Las reglas?

– Imagínate que alguno de los primos gordos se dedica a soplar la llama a destiempo. Alguien tiene que decirle que está haciendo trampa… Y, además, es el notario el que enciende las cerillas.

– ¿Y no podría estar aquí Amr?

– No es de la familia.

La familia Hassanein en pleno, hombres solos, naturalmente, llegó puntual a las nueve de la noche.

El Bey y el tío Ali se habían vestido de esmoquin para la ocasión. Los demás, Ya'kub contó once, a la mitad de los cuales no había visto en su vida, venían enfundados en trajes negros o azul oscuro.

En la pared a la derecha del vestíbulo de entrada había una gran cuadrícula de caoba, y a cada uno de sus cuadrados, como si fueran celdillas en un panal de abejas, le correspondía una clavija en forma de gancho para que los hombres pudieran colgar sus tarboush al entrar.



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