
Afifi Bey se incorporó con esfuerzo, cogió una cerilla, la encendió y con rapidez la encajó en la palmatoria. Se dejó caer sobre su asiento y, probablemente a causa del desplazamiento del aire removido por él, la llama casi se apagó. Tembló durante unos instantes y por fin se enderezó.
Hacía un calor horroroso. Ya'kub sintió un reguero de sudor deslizándosele por el cuero cabelludo.
– Cincuenta -dijo el tío Ali.
– No -contestó el Bey secamente y luego añadió-: No perdamos el tiempo en chiquilladas, tío Ali. Sabes tan bien como yo que ofrecer cincuenta mil ginaih por mi paquete de acciones en la Nile Egyptian Cotton es más que un simple juego, es una ofensa… Seamos serios. -Ali Hassanein Bey sonrió y levantó una mano para pedir disculpas, aunque no pareció que se arrepintiera demasiado. Al lado de Ya'kub, su padre permanecía absolutamente inmóvil, pero, de aquel instante, el muchacho recordaría siempre que el aire alrededor del Bey vibraba como si una cuerda de violín se hubiera tensado al límite y estuviera a punto de deshilacharse y, de un latigazo, romperse en dos mitades.
A Ya'kub le latía el corazón a toda velocidad.
Al cabo de unos instantes, la primera cerilla se apagó y en el aire quedó suspendida una fina voluta negra retorciéndose hacia el techo en una larga espiral de humo. El notario volvió a incorporarse para encender un nuevo fósforo.
– Un millón y medio -dijo el Bey inmediatamente.
– No -contestó el tío Ali abriendo las manos, como si quisiera devolverle el reproche. Miró la cerilla y esperó. Cuando estaba a punto de apagarse, dijo-: Cien mil. -Y sonrió.
