
– No -contestó el Bey apenas un suspiro antes de que se apagara la llama.
Alguien carraspeó.
El tío Ali sacó del bolsillo lateral de su chaqueta un inmaculado pañuelo de seda blanca y se frotó la cara para quitarse el sudor. Después también se lo pasó por los ojos y suspiró.
– No te dejes engañar por el tío Ali -había dicho el Bey a su hijo-. Puede sudar, puede aparentar nerviosismo o tensión excesiva. Incluso puede dar la sensación de que está a punto de sufrir un ataque al corazón. Todo, os teatro.
Una vez más, Afifi Bey encendió la llama. Enseguida, el Bey dijo:
– Un millón cuatrocientas cincuenta mil.
El tío Ali no esperó.
– No… Ciento diez mil.
– No… Un millón cuatrocientas veinticinco.
– No… Ciento cincuenta.
– No. Un millón cuatrocientas.
– No… Doscientos.
El Bey sacudió la cabeza e hizo un gesto displicente con la mano.
– No… un millón.
Sin inmutarse, acababa de renunciar a cuatrocientas mil ginaih. El equivalente a cuatrocientas mil libras esterlinas convertibles en oro.
– No.
Y la vela se apagó.
El Bey había dicho:
– Habrá un momento en que dispararemos pujas a toda velocidad. No te sorprendas: los dos estaremos aparentando que tenemos ganas de terminar, pero no. Estaremos intentando hacer que el contrario se confíe y relaje la atención… Y una cosa, Ya'kub: es esencial que no alteres el gesto, la expresión. O el cuerpo. No debes mostrar sorpresa, nervios, preocupación o alegría. Aunque no dé impresión de nada, el tío Ali te estará vigilando como un halcón. Sabe que no obtendrá ninguna información útil escudriñándome a mí. Por eso se fijará en ti, por si tu expresión revela que ocurre algo imprevisto en nuestro bando y eso le permite cambiar bruscamente de táctica.
Ya'kub tragó saliva.
– ¿No será mejor que yo no esté en la subasta, padre? De esta manera, sí que no se me notaría nada. ¿Padre?
