
Y Ya'kub recuerda aquella noche como una de las más aterradoras de su vida.
Los dos contendientes parecían haberse decidido a no cambiar la táctica que cada uno estaba utilizando: el tío Ali esperaba hasta el último segundo para hacer su apuesta y el Bey, por el contrario, cuando le tocaba, rechazaba la última oferta y dejaba correr el tiempo hasta que se apagara la cerilla.
Así siguieron uno y otro, acercando posiciones pero lejos aún.
Sin embargo, cuando el Bey, en vez de dejar correr el tiempo hasta la siguiente cerilla, dijo «ochocientas mil» en el último instante de llama, el tío Ali estaba preparado.
– ¡No! -gritó, y en el mismo suspiro añadió-: Medio millón.
Y la cerilla se apagó sin remisión.
Ya'kub notó que se le cerraba la garganta mientras del pecho le subía un sollozo que a duras penas fue capaz de contener. ¡Habían sido derrotados! El tío Ali lo miró brevemente. En sus ojos sólo había desprecio.
De la familia de gorrones salió un murmullo colectivo.
– Alhamdulillah -dijo el tío Ali-. Se ha hecho la voluntad de Alá el misericordioso. Felicitémonos de la conclusión tan beneficiosa de este asunto.
– Así sea, alabado Alá el misericordioso, el más grande. -No le temblaba la voz al Bey y por fin su hijo lo miró. Estaba absolutamente impasible.
– ¡Quinientos mil ginaih, sobrino! No está nada mal, ¿eh?
El Bey se encogió de hombros.
– ¿Doble o nada? -preguntó tío Ali-. Nos lo jugamos todo a una partida de tric-trac. Una sola. ¿Quieres?
Hubo un largo silencio. Luego, el padre de Jamie giró la cabeza para mirar directamente a su tío.
– Has dicho que se ha hecho la voluntad de Alá. ¿Por qué quieres contrariarla?
Ali levantó las manos con las palmas hacia arriba, pero no dijo nada.
– Por una noche es suficiente -dijo Ahmed Hassanein Bey secamente. Y se puso de pie.
