Capítulo 4

Dice mi padre que ahora el Bey se va a pegar un tiro -aseguró Hamid, el hijo de Mahmud.

– ¡Mentira! -exclamó Ya'kub-. Haram! ¡Avergüénzate! Mi padre no se suicidará…

– Pues dicen que cuando pierdes es lo menos que puedes hacer.

– ¿Mi padre perder? ¿Qué ha perdido?

– Su subasta con el tío Ali, eso es lo que ha perdido.

– ¡Pero si lo hizo adrede! -gritó Ya'kub.

No estaba muy seguro, pero, como le parecía imposible que alguien derrotara a su padre de ninguna de las maneras, no se le ocurría otra explicación: había querido perder. Además, ¿cómo iba a confesarle a Hamid que no sabía las razones por las que el Bey había perdido la subasta? Y, desde luego, en ningún momento pensó que había sido por culpa de las cerillas.

– ¿Adrede?

– Claro. No te lo puedo explicar porque es un secreto, pero el Bey quería perder.

Hamid se separó un poco de él para mirarle mejor. Había en su rostro una expresión de incredulidad.

– ¿Quería perder? ¿Me lo dices en serio? ¿Seguro?

– ¿Tú qué crees?

– Shish! -exclamó su amigo, derrotado por un argumento superior. Miró al aire un momento-. Oye, ¿ya sabéis cuándo os vais al desierto?

– No… Pronto, supongo.

– Os moriréis de sed. Dice mi padre que no duraréis más de diez días y que los senussi os habrán envenenado el agua y que se os hinchará la lengua.

A Ya'kub le dio un vuelco el corazón.

– No es verdad.

– ¿Lo sabes tú, que eres inglés y no has visto el desierto en tu vida, o mi padre, que es cairota?

– ¡Yo también soy egipcio! Bueno, soy inglés pero soy egipcio.



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