
– Pero no egipcio como mi padre.
– ¿Y el mío, qué?
Hamid titubeó. Y luego, bajando la vista, añadió:
– Me gustaría ir con vosotros.
– ¿Con nosotros? ¿Estás loco?
– Nunca he salido de mí barrio.
Ya'kub se encogió de hombros.
– Padre -preguntó aquella noche durante la cena-, ¿cuándo nos vamos al desierto?
Frunciendo el ceño con un leve gesto de impaciencia, el Bey contestó:
– Hay muchas cosas que hacer antes de irnos, Ya'kub.
– ¿Como qué?
– Debemos organizar los pertrechos, las tiendas de campaña, las armas que llevaremos. Tenemos que contratar a guías, porteadores, pastores… Comprar cabras y gallinas…, camellos…
– ¿Todo eso? ¿Y cómo lo vamos a transportar?
El Bey sonrió.
– No lo llevaremos todo desde aquí, Ya'kub. Sería una pérdida de tiempo. No. Montaremos la caravana por etapas. Compraremos los pertrechos más modernos aquí, en El Cairo. Luego iremos hacia el este, hacia la frontera libia. Hay unas trescientas millas entre Alejandría y Sollum y las recorreremos a bordo de un paquebote de la armada egipcia… si el jedive Fuad nos lo autoriza, que creo que sí. En Sollum, un puertecillo que conozco bien -sonrió de nuevo-, nos haremos con una primera caravana de porteadores y camellos para que nos lleven al oasis de Jaghbub. -Se tocó la frente con las puntas de los dedos de ambas manos-. Desde allí empezará en serio nuestra aventura. Es preciso que te prepares, hijo mío, es preciso que pienses en los sacrificios que exige este desierto, pero también en que las satisfacciones serán muchas. Yo te protegeré y te ayudaré, pero debes tener en cuenta que los sufrimientos serán sólo tuyos…
Saber que él estaría a su lado sirvió a Ya'kub de gran consuelo, pero hizo poco para disminuir el miedo que este desconocido desierto de su padre le producía.
– ¿Será todo desierto, padre?
– Comprendo bien el miedo que te causa, hijo… Sí, será todo desierto.
