– Sí -contestó tragando saliva. Y luego preguntó-: ¿Es verdad que los senussi son una tribu despiadada que mata a quienes se atreven a adentrarse por el desierto que ellos consideran suyo?

– ¿Quién te ha dicho esa tontería? -preguntó entonces con tono irritado. Levantó una mano-. No contestes, que ya imagino de dónde sale ese invento. Son unos ignorantes. No, Ya'kub. Los senussi son gente del desierto, desde luego. Llevan en él tres o cuatro siglos, mandando en la tierra que han hecho suya alrededor del oasis de Siwa… Pero, en realidad, son sólo los miembros de una secta religiosa dedicada a vivir y predicar las enseñanzas del Corán -lo pronunció kur'an mientras se llevaba la mano derecha al costado del corazón-. Son beduinos, ¿sabes?, como yo. Sólo que yo soy un beduino de la ciudad y ellos lo son del desierto. Su jefe ahora es Sayed Idris al Senussi. Nos conocemos bien. Somos buenos amigos. Si decido adentrarme en las tierras líbicas y en la Cirenaica, él será siempre mi protector y valedor.

– Pero yo creía… creía que son guerreros y que… bueno, que si vas al desierto, te arriesgas a que te maten -confuso, sacudió la cabeza.

– En realidad… sí son guerreros, sí. -Sonrió-. Verás, hijo, en el desierto hay muchos peligros, desde luego, pero para nosotros, para ti y para mí, los senussi no son uno de ellos. Es verdad que durante la guerra ocuparon los dos lados de la frontera con Libia y se dedicaron a combatir contra el inglés con armas que les habían dado los alemanes y los turcos. Pero no se les puede acusar de nada: sólo defendían su territorio. -Levantó las cejas-. Fueron necesarios nada menos que treinta y cinco mil soldados británicos para derrotarlos. -Lo dijo con un tono que denotaba la admiración que sentía por ellos.



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