
Salió del comedor seguido de su hijo y, atravesando el gran vestíbulo del primer piso, lo llevó a su despacho. A Ya'kub le era muy familiar: durante las ausencias del Bey era la habitación en la que le daban clase sus tutores. Sobre su mesa de trabajo el Bey desplegó un mapa rectangular de color amarillo. Estaba partido por el centro y de arriba abajo, por lo que enseguida comprendió Ya'kub que era el Nilo, con su enorme delta en la parte superior (y Alejandría, un poco al oeste de la desembocadura). Más abajo aparecía El Cairo y, a su derecha, Suez, con el mar Rojo y la península del Sinaí. Siguiendo la línea del río hacia abajo (en Egipto es hacia arriba, hacia el nacimiento del Nilo), pronto se llegaba a un gran meandro.
– Luxor -dijo el Bey, poniéndole un dedo encima-, y aquí al lado, lo que ahora llaman el Valle de los Reyes, donde mi amigo Howard Cárter busca la tumba del gran faraón Tutankamón, pero -sonrió- sin dar con ella. Acabará muñéndose de calor y enfermedades. ¡Estos europeos! Excavar en el desierto con corbata y chaqueta. Hace falta estar loco. Y aquí, Asuán, el más bello recodo del río, y, más arriba aún, el templo de Abu Simbel. Luego el Nilo sigue hacia Jartum, en el Sudán, y se pierde en las montañas. Todos quieren encontrar su fuente, pero nadie da con ella. Hay quien dice que lo ha conseguido, pero no hay que hacerles caso.
