– ¿Y nuestra expedición?

– Ah, ¡qué impaciencia! Bueno -desplazó su dedo por la orilla del Mediterráneo hacia el oeste-, aquí está Sollum, el puerto del que te hablaba, y aquí, un poco más abajo en línea recta, el oasis de Siwa, que es, como te he dicho, adonde iremos primero. Es enorme, todos estos oasis lo son. Llegan a medir cien o doscientas millas de longitud. Sólo que éste, además, es de gran riqueza: está lleno de palmeras, olivos y frutales y fuentes del agua más pura. Te podrás bañar en su gran lago salado, el birket Siwa. Y seguramente nos alojaremos en la fortaleza de Shali. Siwa siempre ha sido muy importante. Es el lugar en el que se encontraba el Oráculo de Amón. Su templo fue construido hace dos mil quinientos años. ¡El gran Oráculo de Amón! O de Zeus o de Júpiter, como prefieras. Era tan poderoso que venían a consultarlo reyes y generales desde todos los rincones de la Tierra. Aquí estuvo Alejandro Magno antes de lanzarse a la conquista del Oriente… En Siwa se bañaba Cleopatra… -añadió con sonrisa picara-. Pero otros muchos, como el oráculo les vaticinaba desastres y derrotas, acababan mandando a sus ejércitos a destruirlo; sin embargo, a los ejércitos los destruían el desierto y las tormentas de arena. Alejandro se presentó en Siwa con la espada en la mano y me parece que por eso el oráculo le profetizó toda clase de triunfos… y además le confirmó que era hijo de Zeus. -Sonrió-. Cuando no estés seguro de lo que te van a contar, es mejor que lleves un arma en la mano. Al menos podrás intimidar al que te miente.

– Y desde Siwa, ¿a dónde iremos?

– A Jalo, a unas doscientas millas al oeste y, desde allí, hacia el sur, a Kufra, uno de los lugares sagrados de los senussi. Supongo que estaremos unos días y luego seguiremos la ruta hacia el centro del desierto, en dirección al Sudán. No sabemos muy bien lo que hay después. -Sonrió-. No es lo mismo que tu paseo cotidiano para tomar el helado de monsieur Groppi. -Con el dedo puesto en la parte inferior del mapa, una gran extensión sin relieve, sin nada, sólo el color amarillo de lo desconocido, volvió la cabeza hacia su hijo-. ¿Qué te pasa, Ya'kub?



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