
– Nada, padre.
– Pones cara de camello estreñido y eso en mi experiencia quiere decir que algo te pesa en el buche. Dime.
– No es nada, padre. -El Bey le miró-. En realidad… es que… un hijo de Mahmud querría… en fin, me ha pedido que le dejes venir al desierto.
– ¿Qué hijo?
– Hamid. El mayor.
– ¿Lo conozco?
– No creo.
– Pues debes traérmelo para que yo decida si puede acompañarnos y si será tu sirviente…
– ¿Sirviente? -Quiso decirle que era su amigo, pero no se atrevió.
– Tráelo.
Capítulo 5
Para la ocasión, el Bey se había vestido de chaqué, con el pantalón a rayas impecablemente planchado y la chaqueta gris marengo, cuyas colas le llegaban justo hasta detrás de la rodilla, realzando su estatura y su delgadez. Por su parte, Ya'kub llevaba un traje azul oscuro que le habían tenido que hacer apresuradamente en El Cairo porque el que había traído de Inglaterra se le había quedado pequeño y estrecho. También llevaba una sobria corbata color burdeos prestada por su padre.
Cuando estaban en la puerta de la casa a punto de subirse al gran Chrysler plateado, el Bey dijo:
– Espera, ponte esto -y le dio un fez que había cogido de la cuadrícula de caoba del vestíbulo-. Mira cómo lo llevo yo y trata de ponértelo igual.
A Ya'kub, nervioso como iba, le hubiera gustado que Hamid le viera con el fez en la cabeza. Así aprendería qué personas pueden llevarlo y cuáles no. Y desde luego, Hamid no era una de ellas; Ya'kub, sí. Así su amigo dejaría de perdonarle la vida con todas esas historias de extranjeros y aristócratas egipcios.
