
Miró a Amr Ma'alouf, que había llegado pronto por la mañana para supervisar los preparativos.
– Así vas bien. Como tu padre.
Aquello lo llenó de orgullo.
Amr había dicho:
– Esta historia de ser presentado al jedive no es una tontería cualquiera que pasa a diario, Ya’kub, como si nos fuéramos a comer una mazorca asada paseando por la calle. De modo que debemos asegurarnos de que todo está en orden.
El Bey le había dicho a Ya'kub que Amr sólo tenía un pequeño defecto: era el mayor esnob de todo El Cairo. Por consiguiente, una visita de los Hassanein al palacio de Abdin para que el chico fuera presentado a la familia real era un asunto de capital importancia.
Solos los dos hombres en el dormitorio principal del palacete, mientras Hassanein Bey acababa de anudarse la corbata gris perla del chaqué, Amr dijo:
– Parece ser que tuviste una velada fructífera la otra noche.
El Bey, colocado frente al gran espejo de su vestidor, giró el cuerpo para mirar a Amr y levantó las cejas.
– ¿Fructífera? Todo el mundo asegura que el tío Ali consiguió arruinarme.
– ¿Pagándote quinientas mil ginaih?
– Dicen que mi parte valía mucho más y que me dejé cazar.
Amr, sentado en la butaquita de cuero que servía de reposapiés para anudarse los botines, cruzó la pierna derecha y se sujetó la pantorrilla con una mano. Llevaba botas de montar, pantalón ancho de estambre y una camisa de seda bajo la que lucía una cadena de oro de gruesos eslabones. Se adornaba las manos con cuatro o cinco sortijas que, desde luego, por su enorme tamaño y la variedad de las piedras semipreciosas engarzadas en ellas, no podían pasar desapercibidas. El pelo, muy negro y rizado, le caía en desorden sobre la frente y enmarcaba sus párpados veteados de kohl.
– ¿Cuánto costó la locura de Ismail cuando decidió que El Cairo sería como París? -preguntó-.
