
– En fin, será lo que tú digas. Lo que tú digas. Pero días y días de desierto no dejan de ser muy duros y, desde luego, peligrosos para un joven inglés, por mucho que se haya adaptado a la vida de aquí. ¿Crees que está preparado?
– Su amigo Hamid, el hijo de mi viejo sirviente Mahmud, viene con nosotros. Son buenos compañeros y me parece que Hamid le mantendrá los pies en el suelo.
– ¿Qué diría su madre si supiera lo que vas a hacer con él?
– ¿Su madre? ¿Y qué tiene que ver su madre en todo esto?
– No sé, Ahmed, algo le preocupará el bienestar de su único hijo…
– ¿Algo le preocupará? ¿A esa cabeza de chorlito medio alcohólica que lo único que quiere es hacerse pasar por una princesa romántica del desierto? ¿Qué tonterías son esas, Amr?
Ma'alouf levantó ambas manos.
– Está bien, está bien. No digo más. Tú sabrás lo que haces, Ahmed.
– ¿Sabes por lo que le ha dado ahora a mi hijo?
– Lo sé, lo sé. La princesa Nadia. Me lo ha dicho. Con quince años, ¿qué quieres que haga? El chico está como una pantera encelada. Y convendrás conmigo en que la joven es una preciosidad. Hasta a mí me tentaría.
– ¿A ti?
– Bueno, es un decir.
– Puede que haya llegado el momento de que lleves a Jamie a alguno de los cafés que frecuentas… por ahí, en Khan al-Khalili. ¿El Fishawy, tal vez? ¿El del viejo Kirsha en el callejón Midaq? Vaya, que el muchacho se desfogue. Tú sabrás…
