– A los quince años el amor es puro, Ahmed.

Un ayudante militar vestido de gala esperaba en la puerta principal del palacio de Abdin, al pie de los cuatro escalones por los que se accedía al enorme vestíbulo desde el que arrancaba la gran escalera de mármol por la que se entraba al gigantesco salón de recepciones. Un sirviente nubio enteramente de blanco abrió la portezuela del auto para que el Bey y Ya'kub pudieran bajarse de él. El ayudante se cuadró y saludó militarmente. Luego dijo:

– Síganme, por favor; su majestad los espera en el estanque.

La comitiva de tres echó a andar con paso vivo, atravesando corredores, salas, antecámaras, vestíbulos y salones hasta que volvieron a salir al exterior por la parte de atrás del palacio, al gran jardín en el que se encontraba el pabellón de la piscina.

– Ya sé, ya sé -dijo en inglés con fuerte acento italiano una voz que salía de detrás de una de las columnas del pabellón-. El monumento es horrible, pero lo mandó construir mi padre y debe ser conservado… -Y apareció la corpulenta figura del rey Fuad. Estaba vestido a la europea y en la mano llevaba un espantamoscas de paja-. Son los más eficaces -dijo, agitándolo en el aire-, plebeyos, pero eficaces. Las moscas no parecen distinguir la sangre azul de la roja. Acercaos.

– Señor -dijo el Bey haciendo una gran inclinación de cabeza.

– Sube hasta aquí, Ahmed -ordenó el Rey señalando la escalera por la que se accedía a la recargada veranda-. ¡Ah! Y ese joven que se esconde detrás de ti tiene que ser Ya'kub, tu hijo inglezi. Ven que te veamos.

Ya'kub tragó saliva y, sin decir nada, subió los veintiún escalones hasta donde estaba Fuad. Se le hicieron eternos.

– Una de estas moscas se ha tragado tu lengua, jovencito. Salúdame.

Ya'kub carraspeó e inició la profunda reverencia que había ensayado con su padre, pero en el mismo gesto notó que el fez resbalaba de su cabeza y se iba al suelo sin remedio. Intentó retenerlo, aunque hay pocas cosas más difíciles que agarrar en el aire un sombrero perfectamente redondo y carente de alas por las que sujetarlo: el fez dio varias volteretas entre las manos y los brazos de Ya'kub y acabó rodando y dando tumbos hasta el pie de la escalera.



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