Desde detrás de donde estaba el Rey, pudo oírse una carcajada cantarina y alegre. Fuad se volvió.

– Me parece que es mi sobrina la que se ríe con tanta falta de respeto por las desgracias ajenas. -De golpe, la risa se cortó.

Sin atreverse a mirar a su padre, Ya'kub balbució:

– Lo siento. Yo… lo siento.

– Ahmed, deberías enseñar a tu hijo a llevar el tarboush.

– Bueno, majestad, en su descargo diré que es la primera vez que se lo pone.

– Mmm. A lo mejor, su cabeza de inglés no está hecha para llevar un fez. Acércate. -Mientras lo hacía, un sirviente nubio bajó hasta el mismo borde de la piscina, recogió el fez, subió los peldaños y se quedó inmóvil a un lado con el tarboush en la mano.

De cuanto siguió, Ya'kub guardaría sólo un recuerdo confuso y atropellado. Pensó en acercarse al nubio para recuperar el sombrero, pero una mirada de su padre lo clavó en el suelo. Al mismo tiempo, por detrás de una de las columnas, asomó una larga cabellera oscura que ondulaba, le pareció, como si fuera un río de seda con destellos de luz de luna llena. Después, apenas un ojo de párpado abombado con una ceja muy negra y muy espesa sobre una nariz recta y fuerte. Ya'kub pensó que se desmayaría un segundo después. Carraspeó para recuperar su aplomo y su voz.

– Vieni qua -insistió el Rey. Ya'kub se acercó y Fuad lo agarró por un hombro para conducirlo hacia unos amplios sofás en los que estaban sentadas varias mujeres-. Ahora que ya no hay peligro de que se te caiga el fez, ven a saludar a la Reina.



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