
– Majestad -dijo como le había ordenado su padre que dijera. Se le quebró la voz con un gallo horroroso.
– ¡Ah! Et ce jeune homme?, ¿y este joven? -preguntó ella con tono imperativo.
– Es mi hijo, señora.
– Tu hijo, ¿eh? Ya me habían hablado de él. Un poco patoso, pero parece simpático. Y es guapo. -A Ya'kub le hubiera gustado que se lo tragara la tierra en ese mismo instante.
– Tía Nazli, ¿puedo hacer que me salude a mí también?
La Reina se volvió para mirar a la joven princesa Nadia, que, sin esperar a que se lo permitieran, dio dos pasos y se plantó delante del joven. Vista de tan cerca, Ya'kub pensó que era la visión más arrebatadora que jamás le había sido dado contemplar.
– Salúdame -dijo ella con un gesto con la mano para indicar que quería que le hiciera una reverencia.
Ya'kub se inclinó profundamente. Al enderezarse de nuevo, miró a la princesa Nadia directamente a los ojos y le pareció ver en su mirada una ternura que no hubiera podido confundirse con nada más, ni con soberbia ni con frialdad ni con burla. Ese terciopelo oscuro y suave, apenas percibido, habría de acompañarle, instalado en su pecho, por el resto de sus días.
– Es verdad, tío Fuad. Le ha comido la lengua un batallón de moscas -dijo Nadia, sonriendo con aire travieso. Y, mirándole con impertinencia, se sentó en una de las sillas que había en la terraza, dispuestas de cualquier manera. A Ya'kub le pareció que la princesa aprovechaba el hecho de estar amparada por toda la familia real mientras él se encontraba solo frente a todos. Se resintió de ello.
