-Y, en efecto, el chico se inclinó por fin sin mayores desastres ante una bellísima mujer vestida a la europea. La reina Nazli llevaba anudado a la garganta un gran collar de perlas rematado con un enorme brillante. A Ya'kub le pareció que aquella señora se había puesto una cantidad excesiva de colorete en las mejillas, pero supuso que en la corte las grandes damas tenían que maquillarse así, como las reinas faraónicas de la Antigüedad.

– Majestad -dijo como le había ordenado su padre que dijera. Se le quebró la voz con un gallo horroroso.

– ¡Ah! Et ce jeune homme?, ¿y este joven? -preguntó ella con tono imperativo.

– Es mi hijo, señora.

– Tu hijo, ¿eh? Ya me habían hablado de él. Un poco patoso, pero parece simpático. Y es guapo. -A Ya'kub le hubiera gustado que se lo tragara la tierra en ese mismo instante.

– Tía Nazli, ¿puedo hacer que me salude a mí también?

La Reina se volvió para mirar a la joven princesa Nadia, que, sin esperar a que se lo permitieran, dio dos pasos y se plantó delante del joven. Vista de tan cerca, Ya'kub pensó que era la visión más arrebatadora que jamás le había sido dado contemplar.

– Salúdame -dijo ella con un gesto con la mano para indicar que quería que le hiciera una reverencia.

Ya'kub se inclinó profundamente. Al enderezarse de nuevo, miró a la princesa Nadia directamente a los ojos y le pareció ver en su mirada una ternura que no hubiera podido confundirse con nada más, ni con soberbia ni con frialdad ni con burla. Ese terciopelo oscuro y suave, apenas percibido, habría de acompañarle, instalado en su pecho, por el resto de sus días.

– Es verdad, tío Fuad. Le ha comido la lengua un batallón de moscas -dijo Nadia, sonriendo con aire travieso. Y, mirándole con impertinencia, se sentó en una de las sillas que había en la terraza, dispuestas de cualquier manera. A Ya'kub le pareció que la princesa aprovechaba el hecho de estar amparada por toda la familia real mientras él se encontraba solo frente a todos. Se resintió de ello.



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