
– No le hagas caso, muchacho -dijo la Reina-. Nadia tiene el pelo largo pero es como un chico. Deberías verla jugar al tenis…
– Ahmed, siéntate aquí -ordenó Fuad, señalando un sillón al lado del que había ocupado él-. Me dicen que te vas a ir al desierto… ¿Es verdad? Yo creo que estáis todos un poco locos. A Kamal al-Din, mi sobrino, padre de esta joven indisciplinada -añadió volviéndose hacia Nadia-, también le da por ahí. ¡El desierto! Os perdéis en el desierto como si fuera vuestra única salvación. Dime, ¿qué no tiene El Cairo que tenga aquel montón de arena? -señaló hacia el oeste con la barbilla.
– En realidad, señor, una cosa no sustituye a la otra. Este es el país que tenemos: dos ciudades, un río, un desierto. ¿Por qué no aprovechar lo que puede darnos cada uno?
– ¿Sed y picores?
– No. Fortaleza y reflexión.
El Rey frunció el ceño.
– ¿Me faltas al respeto? -Suspiró como si le entristeciera-. Estamos en el siglo XX, Ahmed.
– Cierto, majestad…
– ¿Necesitas reflexionar? ¿Tú? El estudiante de Oxford, el campeón de esgrima, el aviador, el filósofo, el dueño del algodón… No, espera, el algodón lo has vendido, ¿eh? -se corrigió con una sonrisa-. Lo has vendido. ¡Qué bárbaro! Dicen que tu tío te engañó, pero los dos sabemos que no es verdad y que, de golpe, te has hecho más rico aún de lo que ya eras.
El Bey levantó las cejas con aire de resignación.
– En realidad, señor, no fue mi tío Ali el que compró mi parte, sino el Banco Egipcio de Comercio el que compró la de todos.
– ¡Lo sé, lo sé! Y si no te gustaba, ¿por qué te dejaste?
El Bey se encogió de hombros.
– Me cansé de que mi familia codiciara lo que tengo y quisiera pelearse conmigo. Pues que se lo queden. ¿Qué más puedo querer de la vida? Desde luego, no dinero. -Y miró a la Reina.
Hubo un largo silencio que Ya'kub no alcanzó a comprender. Contempló a unos y a otros y finalmente a Nadia, que le devolvió la mirada con una tímida sonrisa. Después, para disimular el gesto, recogió un velo transparente que tenía sobre las rodillas, se lo puso por la cabeza en un rápido gesto que se adivinaba habitual y, con una esquina del pañuelo, se tapó la cara. Cerró los ojos un momento y, al abrirlos, los volvió a fijar en Ya'kub.
