– O sea, que sí son guerreros.

– Bueno, son gente dura que tiene que defender lo que ha sido su casa durante siglos. Y al final de la guerra, en 1917, tuve la suerte de poder intervenir en la pacificación de aquel trozo de desierto… No fue fácil, porque los senussi son muy orgullosos, pero acabaron haciéndome caso y eligieron como nuevo jefe a Sayed Idris. -Se encogió de hombros-. Fue una casualidad afortunada.

– ¿Entonces vamos a ir al desierto, padre?

El Bey lo miró de nuevo con aire grave. Luego asintió.

– Iremos al desierto, Ya'kub. Insh'allah, si Dios quiere.

Los Hassanein vivían en un gran palacio construido a orillas del Ni lo, en la avenida que bordea el río, enseguida bautizada por la corte del jedive Ismail como Corniche al-Nil. Amr Ma'alouf («Amr Ma'alouf será tu amigo e instructor; obedécele y sigue sus consejos») explicó a Ya'kub que jedive quiere decir 'virrey' y eso eran los príncipes egipcios respecto del sultán de Constantinopla, soberano del imperio otomano. También le dijo que el sucesor de Ismail, Fuad, era amigo personal de su padre.

El Cairo no era muy grande entonces, ni siquiera llegaba al millón de habitantes. Las familias poderosas bien podrían haberse quedado a vivir en la Ciudadela, donde estaban: de todos modos controlaban la ciudad desde allí arriba. No tenían por qué moverse de sus casas y palacios tradicionales. Pero el abuelo de Ya'kub, el jeque Mohammed Hassanein el Boulaki, gran maestro en la milenaria mezquita de Al-Azhar, siguiendo la moda europea imperante a finales del siglo XIX, decidió trasladarse de su vieja villa en la Ciudadela al palacete que había mandado construir sobre el Nilo, casi enfrente del Museo Egipcio, en la orilla este del río.



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