
– En el desierto quiero hacer una cosa más: calcular sus coordenadas, medir exactamente su tamaño y el lugar en el que se hallan la frontera sur de la Cirenaica y las fronteras con la Libia italiana y con el Sudán… Y buscar dos oasis de los que todo el mundo habla y nadie encuentra.
– ¡Ah! Eso sí que me parece útil… unos oasis perdidos… tesoros escondidos… ¡Ha! ¡Qué aventuras! Pero espera un momento. No hizo los cálculos aquel alemán… ¿cómo se llamaba?
– Gerhard Rohlfs, señor, hace unos cuarenta años, pero las tribus del desierto, los senussi, casi le mataron y encima destruyeron todos sus instrumentos científicos y todas sus observaciones. No queda nada.
Fuad rio.
– ¡Claro! Esto sólo lo puede hacer un egipcio medio beduino. Tú, además, conoces bien a los senussi. Son amigos tuyos. Al menos no te matarán. Claro, claro. Les pusiste al jeque que tienen, mi muy honorable primo Sayed Idris -añadió con sorna.
– Bueno, no hice eso. Sólo ayudé a que se apaciguaran los ánimos entre las tribus y a que eligieran a Idris. No fue muy difícil.
– No seas modesto. Arreglaste la guerrita de Sollum, ¿no? Tú solo, ¿no? ¿Entonces?
– No es exactamente así, señor. Tuvimos la ayuda de mucha gente. Lawrence de Arabia, el coronel Hunter Pasha… hasta sir Lee Stack Pasha, gobernador del Sudán… Otra gente sacrificada como mi viejo amigo Nicky Desmond… Muchos ingleses de buena voluntad, señor.
A la mención de Nicky, Ya'kub dio un respingo. ¿Qué era eso que estaban contando allí?
– Ya, muchos ingleses de buena voluntad.
