
El Bey se encogió de hombros.
– Gracias -murmuró.
Y Ya'kub no salía de su asombro. De pronto resultaba que su padre era un héroe: el verdadero pacificador del desierto. ¿Y Nicky? ¿Por qué nunca le había contado nada de esto? ¡Tanto hablar de cacerías de tigres de Bengala y de afganos en el Khyber Pass y ni una palabra sobre la guerra del desierto que había peleado junto a su padre!
Se le ocurrió que por fin tenía algo que preguntar a su madre en una de las cartas que le escribía de forma esporádica como respuesta desganada a las que ella le mandaba cada semana. No es que Ya'kub no tuviera nada que relatar de su vida en Egipto al lado de su padre, es que el cúmulo de sensaciones nuevas, de aventuras inimaginables en alguien crecido en la campiña inglesa era tan anonadante para un muchacho introvertido que se le hacía tarea imposible contar a su madre nada que no fuera la anécdota indispensable para mantener vivo un epistolario obligado aunque superficial. Pero ahora sí. Ahora Nicky, el Nicky amigo tan especial de su madre, se había convertido de pronto en un objeto de terrible curiosidad. ¿Preguntarle al Bey? ¿Cómo? Si no le había contado nada de todo esto, era que no quería hablar de ello. Y, aunque haciendo de tripas corazón, Ya'kub intentaría sonsacárselo en algún momento, le pareció más expeditivo preguntarle a su madre; y tal vez, de paso, se atrevería a decirle que su padre era más que un árabe secuestrador de niños. Era un verdadero héroe. Pero ¿cómo era posible, sin que él lo hubiera adivinado siquiera?
