
«Dios mío -pensó-, el Bey es un héroe. -Miró a Nadia con orgullo, como si aquel heroísmo destiñera en él-. Dios mío».
Sí, claro, no sólo le preguntaría a su madre. Preguntaría ¿i Amr Ma'alouf. Amr no le mentiría.
– Y además no es exactamente así -repitió el Bey al rey Fuad, sacando de golpe a Ya'kub de su ensimismamiento.
– Tonterías, Ahmed. No sé por qué te dejo hacer estas locuras cuando, en realidad, haces más falta aquí que perdido en los oasis. En fin. Debes saber que es la última vez que te autorizo a marcharte. Ven y cuéntame tus planes. -Agarró al Bey por el brazo y ambos bajaron las escaleras hasta el estanque charlando animadamente.
Ya'kub se quedó en el pabellón, rodeado de las mujeres de compañía de la corte. Las mayores lo miraban con curiosidad, alguna hasta con concupiscencia, y las tres o cuatro más jóvenes, con mal disimulado interés. Sentada medio metro detrás del sillón que ocupaba la reina Nazli, Nadia se había quedado inmóvil en su silla sujetando el velo que le tapaba la cara, sin dejar de mirar al muchacho.
– Té -dijo la Reina secamente.
Dos criados nubios se agitaron y desaparecieron en busca de las bandejas con las que volvieron a los pocos instantes; en ellas traían un servicio completo de té a la inglesa con pequeños sandwiches y scones con nata y mermelada de albaricoque y de fresas. A Ya'kub se le hizo la boca agua.
– Ya'kub. Te llamas Ya'kub, ¿verdad? Acércate y siéntate aquí a mi lado. No has dicho ni una sola palabra desde que has llegado. Nadia, sírvenos un poco de té, a ver si se le deslía la lengua a este joven. Buena chica. Y dime, ¿vas al colegio en El Cairo?
– No, majestad. Iba al colegio en Oxford hasta que vine aquí hace un año, pero ahora estudio en casa con unos preceptores que me ha puesto mi padre. Sólo que ahora -levantó un poco la voz- dejaré de estudiar para acompañar a mi padre al desierto.
