Por detrás de la Reina, Nadia le miró y se llevó la mano derecha al corazón. Bajó la cabeza y suspiró sin que nadie más que el chico alcanzara a verlo.

Después, la pequeña princesa sirvió una taza de té con un poco de leche, dio dos pasos y se la entregó a la Reina. Luego repitió la operación con Ya'kub. Cuando éste cogió la taza, sus dedos se rozaron y a Ya'kub le pareció que se desmayaría.

– Y cuéntame, ¿adónde te lleva Amr Ma'alouf por las noches, eh?

Ya'kub tragó saliva.

– ¿Amr? -dijo.

– Sí, Amr… Somos buenos amigos desde que éramos jóvenes. Lo conozco bien y no sé si te estará llevando por caminos de perdición. Dime, ¿te lleva por las noches al mercado del pescado en Zamalek o al Wijh al-Birka en Ezbekiya? ¿Al Wasaah?

– ¡No! -exclamó Ya'kub mirando a Nadia, que había fruncido el ceño con severidad-. Amr me enseña cosas de la historia de Egipto, me explica por qué El Cairo es como es…

– Te pasea por entre la chusma, vamos, los antros -interrumpió la Reina con irritación repentina-. Los pobres,

los sucios, los burdeles. Tengo que hablar con Amr. ¿Sabes que los soldados ingleses…?

– ¡No! -repitió, e intentó explicar que sus paseos con Amr eran mucho más inocentes, pero la mirada de la reina Nazli lo enmudeció de golpe.

– ¿Sabes que durante la Gran Guerra los soldados ingleses venían aquí, a El Cairo, como si esta ciudad fuera un gigantesco burdel? ¿Se puede ser menos respetuoso con un país entero? Se lo dije a Reginald Wingate, se lo he repetido al vizconde Allenby. Dos gobernadores británicos todopoderosos e incapaces de controlar a la gentuza en la que mandan -añadió con enfado, dando una sonora palmada-. ¡Aj! -exclamó por fin con disgusto-. ¡Ahmed! -llamó al Bey, que volvía de su pequeño paseo con Fuad-, he estado explicándole a tu hijo que no estoy segura de que Amr Ma'alouf sea la mejor compañía posible…

– Bueno, majestad, yo no me preocuparía demasiado. Los vigilo a los dos muy de cerca -contestó el Bey con una sonrisa.



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