
– Tú sabrás, es tu hijo. Quieres hacer de él un egipcio, no un golfillo, estoy segura. ¡Ah! -dijo de pronto, mirando hacia el jardín-, aquí viene un pequeño golfillo real.
En efecto, escoltado por un enorme eunuco, apareció corriendo por entre los macizos de flores un pequeño niño de unos dos años de edad.
– ¡Faruk! Ven aquí, mi pequeño rey. Mira quién está: el tío Ahmed. Ven. Corre a saludarlo. -Dando gritos de alegría y riendo como un loco, el bebé subió la escalinata ayudándose con las manos y a toda la velocidad que le permitían sus pequeñas piernas y se abalanzó sobre el Bey, que lo esperaba con los brazos abiertos.
– ¡Hola, pequeño! -exclamó el Bey en un tono de voz de tal liviandad que Ya'kub no fue capaz de reconocerla en boca de su padre.
El Bey cogió al niño y lo alzó en volandas con la familiaridad de quien ha repetido el mismo gesto muchas veces. Cuando le preguntó por la razón de esta actitud tan desconocida de su padre, Amr le explicó:
– Tu padre es como el preceptor del príncipe heredero; bueno, no como: es el preceptor, un honor que le han impuesto como amigo especial de la familia real. En fin, lo hace por lealtad y -añadió con picardía- por su especial amistad con la reina Nazli.
– ¿Qué quieres decir?
– Nada, que la Reina y tu padre son muy buenos amigos desde antes de que ella se casara con Fuad.
Más tarde, cuando ya se despedían de la familia real, Ya'kub sintió de nuevo un roce en su mano, pero esta vez Nadia se las compuso para pasarle un pequeño papel doblado en dos. El muchacho sintió que enrojecía violentamente y miró hacia otro lado para disimular su confusión.
– Vuelve cuando venga tu padre -le ordenó la Reina-. Eres simpático y no queremos que tu contacto con Egipto se limite a las procacidades que te enseña Amr Ma'alouf.
Más tarde, Amr le explicó que, si bien sonreía y podía ser muy cordial, la reina Nazli tenía un carácter del diablo y pasaba del buen humor al enfado en un instante, en cuanto se sentía contrariada.
– Entonces hay que andarse con mucho cuidado con ella, Ya'kub.
En el mensaje del papel doblado, escrito apresuradamente a lápiz con una letra aún infantil, podía leerse: «Quiero verte».
