Capítulo 6

Perdidos por una de las callejas de Wasaah, mal empedrada como todas y cruzada por riachuelos de basura, desagües de comida podrida y heces que se deslizaban por entre las piedras y la arena, Amr y Ya'kub iban adentrándose despacio por el barrio. Amr andaba como si fuera el rey de la noche, erguido, displicente, inalcanzable, inspirando tanto respeto que la gente se apartaba para dejarlo pasar, mientras que Ya'kub iba a su lado encogido, asustado y con un único deseo: marcharse de allí cuanto antes. Todo aquello le parecía repugnante, brutalmente alejado de su mundo, de los jardines del palacio de Abdin, de las mujeres de la corte, del amor, de Nadia, de los sirvientes nubios, de los perfumes de incienso, lavanda y espliego, de las bandejas y el servicio de plata para el té, del Bey, sobre todo del Bey. Y de Nadia.

Habían salido de los jardines de Ezbekiya por el lado opuesto a la plaza de la Ópera y al hotel Shepheard's. Parecía inconcebible cómo en apenas unos pasos la ciudad llegaba a transformarse de manera tan radical. Aquí era un parque elegante, lleno de fuentes y paseos que zigzagueaban en torno a delicados parterres plantados con cientos de variedades de flores y árboles exóticos, bordeado por hoteles de lujo y clubes exclusivos al estilo de los de Pall Mall de Londres, con restaurantes a la europea, como el St James's Grill Room, el Savoy Buffet o el Grand Café Égyptien en el que las noches eran animadas por una orquesta de mujeres bohemias. Pero a pocos metros de tan elegantes



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