
jardines, de pronto Ezbekiya se convertía en un ruidoso y mal alumbrado dédalo de pestilentes callejuelas ocupadas por los príncipes de la otra noche, los tullidos y los tuertos, los rateros y los soldados ingleses, los improvisados cocineros que, vestidos con galabías descoloridas y malolientes, asaban sobre inestables braseros mazorcas de maíz y patas de pollo, los cuentacuentos, curanderos, acróbatas, astrólogos y quirománticos, los
zarrat, profesionales de la ventosidad, y las prostitutas sucias y desdentadas cuyos servicios se vendían por unas míseras piastras. Por entre todos circulaban carros tirados por asnos roñosos cargados hasta arriba con sacos de harina y arroz, odres de aceite y fardos de legumbres y verduras. Cada pocos metros, locales abiertos a la calle servían
gahwa, café turco, y tés calientes de hibisco, canela y jengibre en invierno, y tamarindo, almendra y limón en verano. En las terrazas la gente, indiferente a cuanto le rodeaba, se sentaba a fumar el
hubble-bubble, la pipa de agua en sus ornamentados recipientes de cobre y cristal, y en las profundidades oscuras de sus cuevas y cuchitriles, mujeres nubias y sudanesas comerciaban con el sexo por un chelín la vez, mientras de aquí y de allá llegaban poderosos efluvios de hashish.
– ¿Adónde vamos ahora, Amr? -preguntó con desgana Ya'kub. Tuvo que alzar la voz para hacerse oír por encima del jolgorio, los gritos, la música, el ruido de las violentas peleas apenas adivinadas en oscuras esquinas y los cantos estridentes de las ghawazee, las mujeres que, vestidas con amplios pantalones de muselina y los pechos al descubierto, bailaban sensualmente en improvisadas plataformas erigidas en los rincones poco iluminados de algunas plazoletas.
Amr soltó una carcajada.
– Ah, Ya'kub, te voy a presentar al rey de Wasaah, el jeque Ibrahim al-Gharbi. ¡Ya verás qué personaje!
– ¿Y qué hace?
– Controla toda la carne que se vende en El Cairo.