
– No tengo hambre.
– No es esa clase de carne, Ya'kub.
– Pero ¿qué carne, entonces? Amr, esto es horrible… Chillan, gritan, se pelean… esto es horrible, está sucio…
A su alrededor, la gente se rozaba contra ellos, los empujaba, no se apartaba en los pasajes más estrechos de las calles para dejarlos pasar. Parecía que lo hacían adrede, darles golpes en los costados, ponerles las manos mugrientas encima… Miraban a Ya'kub con descaro, como si estuvieran retándolo a emprender con ellos el descenso a los infiernos de la degeneración. Luego se apartaban porque veían la mirada directa de Amr, con los ojos negros veteados de kohl, y les entraba miedo. Amr era un efendi peligroso y estos parias no se atrevían a llegar hasta él.
Amr se detuvo y se volvió hacia Ya'kub. Lo cogió por los hombros y acercó su cara para hablarle:
– Esto es Egipto, Ya'kub. No ése que ves todos los días. No el de tu padre. -Ya'kub dio un respingo-. No el de Fuad y Nazli y Nadia. Este es el Egipto de verdad, no el de los palacios al borde del Nilo, no el de las fiestas y los clubes y el golf y las carreras de caballos. Ese otro es un falso Egipto de oropel… No te engañes. Claro que tu padre es un egipcio de verdad, desde luego, pero sobre todo es un hombre del desierto alejado de este mundo absurdo de Al Qahira… y puede que un día comprenda que, por mucho que nos guste, la monarquía tiene poco que ver con el pueblo. Hassanein Bey confunde el refinamiento de su alma con la lejanía aristocrática…
– ¡No te creo! No es verdad. Mi padre…
Amr señaló hacia atrás en dirección a los jardines de Ezbekiya.
– ¿Qué es más verdadero? ¿Este bullicio de bandidos, putas y analfabetos llenos de vida, herederos de los constructores de pirámides y de los navegantes de falucas, o aquella terraza del Shepheard's, un hotel cuyos dueños son ingleses, donde los camareros nubios de impecable blanco sirven whisky con soda a los elegantes oficiales ingleses agotados por horas de jugar al polo? -concluyó con desprecio. Sacudió la cabeza.
