
– Mi padre…
– Tu padre es como un hermano mío; más, porque le quiero más que a un hermano, pero algún día comprenderá…
– Nadia…
– Nadia es adorable pero tampoco pertenece a este mundo, Ya'kub.
– ¡Me da igual!
– Ya lo sé, ya. -Sacudió la cabeza.
Al volver del palacio de Abdin, Amr los había estado esperando para que le contaran con todo lujo de detalles cómo había transcurrido la tarde. Mientras el Bey se iba a sus habitaciones para cambiarse, Ya'kub había tenido que explayarse sin dejar nada en el tintero: el té, la reina Nazli, el fez rodando por las escaleras, el pequeño Faruk, la amistad de su padre con Fuad y toda la familia…
– ¿Y…? -había preguntado Amr.
Bueno, también habían hablado de una guerra en Sollum, en la frontera de Egipto con la Cirenaica, en la que, fíjate, habían participado su padre y su amigo inglés, Nicky Desmond. De hecho, nada más sentarse en el automóvil, le había pedido al Bey que le contara todo. Pero el Bey le había hecho un gesto negativo señalando al conductor y había susurrado: «Más tarde».
– ¿Y…? -volvió a preguntar Amr.
– ¿Y… qué?
– Eso te pregunto, muchacho. ¿No tienes nada más que contar?
– Bueno… no sé.
– ¿Cómo no sabes? Seguro que te olvidas de al menos una persona que estaba allí. -Y sonrió enseñando los dientes como si fuera un tiburón.
Ya'kub se puso colorado y, mirando con fingida indiferencia por la ventana, se encogió de hombros.
– ¡Ah, bueno! Sí. También estaba la princesa Nadia.
– ¿Ah bueno sí también estaba la princesa Nadia? -dijo Amr, imitándolo-. ¡Por las barbas del Profeta, Ya'kub! Cuenta.
– Pues la tuve que saludar y se rio de mí.
– La tuviste… ¿Sí? ¿Qué te dijo?
– Que una mosca se me había comido la lengua.
– Bueno, si te habías quedado mudo…
– Pero, por lo menos, la Reina me dijo que era simpático y que volviera.
