– ¡Pues ahí lo tienes! ¿Y Nadia no te dijo nada más? ¡Venga, Ya'kub, que hay que sacarte las cosas amarrándote a un torno de los de molino de aceite!

– No, no me dijo nada. Bueno… sí… Me dio este papel. -Y Ya'kub, como si no tuviera la menor importancia, se sacó del bolsillo el billete que le había dado Nadia y se lo enseñó a Amr.

– ¿A ver qué dice? «Quiero verte», ¿eh? ¡Que Alá el misericordioso sea bendito!

Entonces, el chico no pudo más y estalló:

– ¡Oh, Amr! ¿Qué hacemos?

– ¿Qué hacéis de qué? -preguntó el Bey desde la puerta. Se había vestido con una galabía blanca y cualquier connotación europea había desaparecido de su aspecto.

Amr se rehízo en un segundo.

– Nada, Ahmed. Tu hijo ha vuelto deslumbrado de la corte y, para bajarlo a la realidad, le estoy proponiendo que salgamos a visitar El Cairo verdadero esta noche.

– Ya'kub, no me fiaría de El Cairo verdadero de Amr -dijo el Bey riendo-. Yo también me paseé por él cuando ambos éramos jóvenes.

– Pero, padre, me tienes que contar la guerra en la que estuvisteis juntos tú y Nicky -repitió el muchacho armándose de valor.

– Es una larga historia, hijo, y no te la podía contar delante del mecánico, que es un beduino senussi… De todos modos, no te preocupes porque te la contará el mismísimo Nicky…

– ¿Cómo?

– … que llega mañana por la mañana a Alejandría en paquebote -concluyó el Bey. Se le veía de excelente humor.

– ¡Nicky! -gritó Ya'kub con una alegría que a él mismo le sorprendió-. ¡Nicky! Viene. ¿Y a qué viene? ¿Y cuánto tiempo va a estar? ¿Y dónde vivirá, padre? ¿Lo dejarás venir a estar con nosotros? Por favor…

El Bey levantó las manos como si quisiera defenderse de un asalto.

– Pues viene a acompañarnos al desierto. Hace años que quería volver a Egipto y así, ahora, además, podrá comprobar lo que este bandido faraónico, es así como me llama tu madre, ¿no?, ha hecho con el hijo al que ha secuestrado.



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