También mandó a su hijo a estudiar a Inglaterra. Era lo que se hacía entonces, explicaba Amr Ma'alouf: construir en el nuevo barrio de Ismailía, lo más cerca posible del río, y mandar a los primogénitos a estudiar a Francia o a Inglaterra. Luego, añadía con sonrisa picara, algunos de esos primogénitos se metían en líos de faldas con las midinettes de París o con las estudiantes de Londres y regresaban a El Cairo deslumbrados y casados con un desastre de mujer.

En fin, en el último tercio del siglo XIX, los egipcios ricos y la corte se fueron marchando de la Ciudadela hacia el río, a los nuevos barrios, a Ismailía (por lo que contaba Amr, en el barrio europeo de El Cairo, que él llamaba Paris-sur-Nil, todo era Ismailía esto, Ismailía aquello, en honor del viejo jedive, muerto en el 1879). Muy deprisa, los cairotas opulentos se trasladaron a las nuevas calles y plazas que quedaban al oeste del Qasr Abdin. El palacio real, el qasr, de Abdin era enorme, ¡quinientas habitaciones, Ya'kub!, un verdadero horror, y había sido construido a toda prisa por el jedive para hacer coincidir su inauguración con la del canal de Suez e impresionar a los monarcas y dignatarios europeos que iban a asistir a ésta. Ni que decir tiene que no coincidieron para nada: el canal se inauguró en 1869 y el palacio sólo estuvo listo cinco años más tarde.

Lo mismo pasó con el Teatro de la Ópera: Fuad quería una obra triunfal de Verdi, pero ni siquiera lo habían convencido aún para que la escribiera y tuvieron que programar un Rigoletto de emergencia. Eso sí, a la premiére asistió la emperatriz Eugenia, esposa de Napoleón III, de la que, según Amr Ma'alouf, el jedive estaba enamorado; hasta le había mandado construir en la isla de Zamalek un palacete que ella ocuparía los pocos días que pasara en El Cairo.

– Y esto no te lo debería contar, Ya'kub, pero la obsesión de Ismail con la emperatriz era tal que en el dormitorio del palacio, al pie de la cama, puso un orinal de marfil y porcelana en cuyo fondo estaba dibujado un gran ojo de iris verde, el color de los del jedive. -Dejó escapar una gran carcajada-. Hace falta estar caliente, ¿o no?



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